Postales de Palencia: La del Nevero de Guardo

Borja Barba nos acerca esta semana hasta la localidad del norte cuya historia y vida está marcada por su climatología

[Una información de Borja Barba – Cadena SER

«No cabe ninguna duda de que la meteorología desempeña un papel fundamental en la forja del carácter de un pueblo. Y no descubrimos nada nuevo si afirmamos que existe una potente carga genética ajena al genoma y asociada a la climatología. El clima extremo del invierno en la Montaña Palentina ha moldeado la personalidad de sus gentes, ha afilado las aristas de sus alturas y ha agudizado el ingenio de quienes se ven obligados a soportar su crueldad. Todo ello con tenacidad de siglos.

Como un testigo mudo de esa alianza entre el ser humano y el frío endémico, y gracias al empeño por preservar el pasado del Club de Entibadores de Guardo, en una sombría ladera al sureste de la localidad minera se alza el Nevero de Guardo. Una pequeña estructura de piedra y planta circular que se hunde en el subsuelo para custodiar en su interior el conocimiento y la sabiduría de una comarca en pulso continuo con la naturaleza más agreste y salvaje.

En los siglos anteriores al descubrimiento de la electricidad y a la invención del frigorífico, cuando el ingenio era la única herramienta para la supervivencia, se desarrollaron diversos métodos naturales para conservar los alimentos y mantenerlos en estado óptimo para su consumo. Ya en época romana, y quedan vestigios que ejercen de testigo de estas prácticas en la cercana Villa Romana La Olmeda, se empleaba la nieve recogida en las alturas de las montañas que, mezclada con paja, conformaba una especie de cámara refrigeradora. Este invento permitía traer hasta tierra adentro, en buen estado de conservación y frescura, bocados tan apreciados como las ostras.

Y aunque Plinio el Viejo consideraba contrario al orden natural el convertir ‘la maldición de las montañas’ en un placer para el paladar, durante los siglos XVI y XVII se desarrollaron en la vertiente italiana de los Alpes los denominados ‘neviere’, pozos de nieve hundidos bajo tierra en lugares sombríos y frescos que permitían la conservación del hielo de las montañas durante los meses estivales, para la conservación de alimentos perecederos o para el tratamiento de las fiebres.

Como aquellos ‘neviere’ alpinos, el Nevero de Guardo se hunde en la tierra buscando la sombra y la frescura perpetuas para burlar a los calores del verano. El funcionamiento del nevero era el reflejo exacto de la manera tradicional de hacer las cosas en la Montaña Palentina. Con paciencia, comunión vecinal y un respeto absoluto por los ciclos de la tierra. Convocados a huebra o hacendera, los vecinos introducían la nieve en el pozo, compactándola capa a capa hasta convertirla en un bloque de hielo macizo. Entre capa y capa, se extendían lechos de paja o helechos. Este aislamiento natural, fruto del conocimiento empírico transmitido de generación en generación, demostraba que la gente de la montaña sabía leer su entorno sin necesidad de manuales científicos.

Y aunque hoy ya el Nevero de Guardo ha dejado de funcionar, aunque hoy ya no custodia el invierno congelado en sus profundidades, sigue rebosante de memoria. Como un monumento a la autosuficiencia y una elegía a la manera tradicional de hacer las cosas. Como un retazo superviviente de la alquimia del frío. Y, si uno se asoma con cuidado a su interior, aún puede percibir en su rostro el aliento helado del pasado.»