Recuperación del entorno del Castillo

El proyecto incluye un mirador y pasarelas elevadas a lo largo del otero de este enclave fronterizo  donde se asentaba la fortaleza que durante siglos protegía el paso entre la meseta y las tierras del norte, brindando protección y seguridad a los peregrinos del Camino Olvidado a Santiago

En el siglo XIII, el rey Alfonso VII ordenó expresamente “mantener el castillo de Guardo y las huestes que lo habitan siempre guarnecidas”, subrayando su valor militar permanente. La fortaleza permaneció operativa hasta finales de la Edad Media y sus restos (piedras reutilizadas en el ferrocarril de vía estrecha Bilbao-La Robla) perduraron hasta el siglo XIX. Así, Guardo actuó como centinela y guardian de los valles del Alto Carrión, asegurando el paso entre la Meseta y el norte.

Esta misma posición estratégica convirtió a Guardo en un enclave relevante del Camino Olvidado (también llamado Viejo Camino o Camino de la Montaña) a Santiago de Compostela. Esta ruta jacobea, una de las más antiguas (siglos IX-XII), discurría por la vertiente sur de la Cordillera Cantábrica y fue preferida por los primeros peregrinos precisamente por su mayor seguridad frente a las incursiones musulmanas que amenazaban los caminos de la Meseta. Guardo figura como etapa clave (llegada desde Cervera de Pisuerga y partida hacia Puente Almuhey / León), ofreciendo protección, servicios y control del tránsito en un tramo montañoso. El castillo y la guarnición contribuían así a la seguridad de los caminantes que se dirigían a Compostela por esta vía “olvidada” hasta la consolidación posterior del Camino Francés.

La villa de Guardo, desde su fortaleza, desempeñó un doble papel histórico: guardian militar del paso entre la Meseta y las tierras del norte en la Montaña Palentina, y protector de una de las rutas jacobeas más tempranas. Su legado como plaza fuerte fronteriza y punto de apoyo del Camino Olvidado sigue presente en la memoria local y en las iniciativas de recuperación patrimonial y turística actuales.